Poémica de Antonino Nieto

Antonino Nieto Rodríguez para la presentación del poemario «Donde da la vuelta el aire» de Mila Villanueva el 12-11-2019, en la Casa de Galicia en Madrid.

contra el olvido
contra la muerte
contra la imposibilidad y la consecuencia
contra la limitación de lo nombrable y lo innombrable…
ahí, aquello a lo que le sobra naturalidad: en donde el aire se da la vuelta:
lo sobrenatural en carne viva

buenas tardes a todos los nacidos: a los hoy invisibles, y a los que aquí estamos… debo decir que la fuerza de las acciones que uno realiza reside, en gran medida, en la capacidad para los agradecimientos
gracias a la Casa de Galicia, representada hoy en la persona de… … , por su generosidad al abrirnos las puertas de esta también nuestra Casa
a Mila Villanueva
a Lidia López Miguel
a la editorial Lastura… …
juntos, la alegría es cuerpo inagotable y la nada, pesa menos

gracias a mi hija, la Gusi, a mis nietos, Nico y Carlota, a Quique… vuestro el pulso y la belleza… en ese corazón, la fortaleza del quiero

a todo vosotros, uno a uno, el inagotable mar de lo mejor dibujando aquello que en los sueños vive y feliz, sin tasas ni racionamientos, se acuna vuestro, de todos y cada uno

y para no terminar nunca

al alba, la soledad de lo siempre naciente

dice la poeta:
“el bosque amarillo de las mimosas fue lo primero que vi en mi vida”

y se rompió la noche en mil caudalosas manos y para mejor ventilarse el mar de los incontables temblores que fertilizan al creciente milagro de lo impensable:

“mi madre me trajo al mundo de buena mañana, a la hora del rocío y bajo la lluvia, en el bosque de las mimosas
yo venía con la rapidez de los leopardos
a ella apenas le dio tiempo de exhalar un suspiro
con tan solo un kilo de peso me colocaron en una cajita llena de algodones y escapularios. cuatro huesos y mis dos ojos despavoridos, bien-abiertos
aunque cesó la lluvia, la comadrona dijo que no pasaría de aquella noche
pero era marzo y la primavera prendió devastadora en mis entrañas
mi madrina encendió velas y vertió agua fresca sobre la rosa de Jericó
al día siguiente un mirlo cantó en el patio y mi madre dijo que me pondría de nombre Milagro”

la noche, el carrusel de humedales que abrazan desabrochando

el universo
el mundo
la singularidad que nos instruye…
simple coreografía
en su pureza
datos para una cruenta celebración de la nada

cuentas?
no!
saludos de la profunda adimensionalidad de lo inútil

uno nace sin cesar sin acabar nunca de nacer del todo

y una vez consumada la real alegría de lo imposible
el vino y la vida: puño y carcajada
y el tabernero, el tiempo:
4 años Milagros
y ya el abismo visitando tus ojos:
cosas de la felicidad o del humo que nos viste y en nosotros, en todos y cada uno, brinda
-padre
madre
abuela
hermanos…-
con lo invisible:
la salud de la bendita farsa que nos cerca, sin más, paños del pulmón del aire
la muerte?: el silencio!:
lo invisible bordando razón y rentas, ya sabes, la imaginación, sí, la imaginación!:para no dejar de ser lo que nunca fuimos: rehenes de lo que no nos dejan: de la culpa y el cartabón

“fue en aquella tierra…
donde se confunde el tiempo
donde conviven vivos y muertos…
en aquella
donde da la vuelta el aire…”

en aquel no lugar de lo cardinal
sin norte ni más dirección que la carnal que en los sueños vence a la obediencia

“olía a humo, a potaje y a alcohol, a queso de cabra y a rosquillas de anís…”

“el tabernero daba a veces fuertes puñetazos sobre el mostrador y otras soltaba una tremenda carcajada…”

tu padre, Milagros, reía feliz en aquel tugurio entre el calor ancestral del vino y la vida y tú ya divisabas el abismo del mundo desde tus ya inabarcables 4 o 4000 años
nadie sabe a qué edad lo nacieron
nadie devora más a nadie que así mismo
lo sabe la carcajada
lo registra la muerte:
esa hilaridad de los ojos abiertos en el país de lo ya visto

“algunas veces me despertaba por la noche el rumor del río cercano a la vez que una extraña sensación de compañía

de puntillas me asomaba a la cocina donde aún brillaban los rescoldos del fuego

la claridad de la luna
se extendía
sobre el aparador,
los cacharros de bronce,
las naranjas y las calabazas
y en aquel mantel sobre la mesa
que ella había bordado hacía ya mucho tiempo
a punto de cruz

siempre estaba allí, en su rincón
con una sonrisa en los ojos
claros como el día y el paño negro
que ataba sus cabellos blancos

al divisarme
llevaba su dedo índice a los labios
y me imponía un silencio cómplice

sabía que era mi abuela
porque era la misma mujer
de aquel viejo retrato
junto al que mi madre
en el mes de noviembre
siempre encendía
una lámpara de aceite”

un muerto es todos los muertos. importa que no se hayan conocido?. hoy forman parte de la misma sabiduría, de aquella que fermenta en ti, en mi, en el saber que dibujan las sombras, en el corral sin fondo que alimenta a las formas, en la alegría que la razón sepulta avivando la llama inextinguible de cuantos nombres en el barro anidan. un nombre todos los nombres. desde la universal singularidad que da cuerpo a lo inasible, a lo incontable, a lo imposible

y el silencio como coordenada para alcanzar lo inalcanzable

y socorrer a la lágrima, al ojo, a dios: al desfile del tiempo dibujando aromas

la luz el grito que crece al pecho
en esa mirada el abrazo del basta: el humo que en todo se pierde

“me gustaba tenderme
sobre aquella colcha de terciopelo…
podía percibir a su través
el sonido de las cataratas y los tambores de tierras lejanas…
me gustaba acariciar aquella tela…
era como acariciar el lomo de mi animal de poder
aquel leopardo que me visitaba cuando yo caía rendida…”

contra lo justo
contra esa culpabilidad que adorna a lo irrespirable que en la ley se acuna verdad,
el laboratorio del alma,
la sed,
el hambre:
la alegría de lo impuesto:
la fe en el más y en el menos…
en esa renta la salud
la vida
el canto del condenado

los nombres, cera del árbol caído
cumplidores insomnes atesoran el corral desgobierno de lo comestible

maracuyá,
fruto de la pasión,
pasifloras cerúleas…: digestivas contriciones del barro: de lo aún por descifrar, a saber, como tu madre delicadamente señalaba,
“el color de la pasión, los clavos de Cristo, la corona de espinas y las gotas de sangre caídas en los pétalos…
era cosa natural que también en las flores estuviese escrito el evangelio”

ni grande ni pequeño
eso que dicen tamaño cordada infinita o contravalor del no cuerpo

no es el mar ni los hechos ni las palabras… es lo invisible conjugándose cerebro del misterio que nos cocina fuente del sabor de las sombras
porque todo es pasado
caricia que duele y adinera a lo ya perdido, a esa fiebre que a la palabra encarna fuel de la memoria y sabe lo que el corazón olvida
sí, saber? saborear!
rezar? consumir lo que no existe
la cruz el vino que contra todo lo prohibido
ajusta verdad y tiempo
esto es
salud y diente
esto es
melodía y baile
esto es
el cuento
la carcajada
el beso del ángel que en todo se especia

sal y pie y renta de los incontables colores que abrevan en lo que queda de lo que nunca fue
recuerdos? no! filigranas del rincón de lo inencontrable

la curandera de Cuntis,
las ristras de ajo
las hiervas de enamorar,
bendecía los campos y sanaba el ganado
en la frente de los animales la señal de la cruz
lo real y lo irreal
lo visible y lo invisible
el pasado y el porvenir convergían en ella
“tú eres cuerpo abierto”, te decía
“ y tú la entendías”…

como muestra, este salón de lo inconmensurable que en lo infinito se abraza hoy, sí, hoy ya sin tiempo presente eterno en este siempre inmenso sin telón ni escenario: donde el aire da la vuelta: temblor de ángel

“el sonido de su risa en la mañana inauguraba el mundo…”
sí,
la panadera de Circe
“con las sobras hacía sortilegios”

de la frente de tu piel, Milagros, la multiplicación de besos: sabias dentaduras del aire…
con la felicidad en la solapa, única e intransferible, preguntabas al viento, a lo que no queda de lo que nunca fue, al cursor de la inagotable afrenta…:
“ hay sirenas en el río, madre?
y ella respondía:
no es canto de sirenas, hija, que ese es el canto triste
das lavandeiras da noite”

Ahihelelo, ahihelelo, ahihelelo,
Ahihelelo, ahihelelo, ahihelelo, aila

y la invisible cabellera del aire
en las invisibles manos de Marta
nada tan vivo e invisible como sus ojos de gacela azul mirándote…

todo en ti la perfecta celebración de lo bien hecho
menos tus ojos redondos
como antes
quieres tener tus ojos de china
¿cómo antes?
sí, madre, ¿es que no te acuerdas?

tú, la perfecta exactitud del no tiempo, apalabrando la singular conjunción de las mil vidas que en toda respiración bucean fértiles, de nadie

“los ojos puentes”

para que todo se reconozca y cumpla con su condena
cada cosa en su sitio
pruebas, no lo contrario,
sorbo a sorbo, dibujas contra todo pronóstico, el fulgor de lo imperecedero

con María, la de Leiva, dices
“que cuando los vencejos vuelan bajo
traen la lluvia
que cuando las golondrinas vuelan juntas
anuncian boda…
si los cuervos bajan a la llanura
pronto habrá niebla
y cuando el búho canta a medianoche
trae la muerte…”

sí, la muerte… en esa transmigración –látigo, furia de lo inaceptable, pústula de la multiplicación- la medida de las tantas cosas. todas en una. todas restaurando la inextinguible llama: el vientre del grito

tú te entretenías “en contemplar como las mujeres hacían Sanandresiños con miga de pan:
la mano, el pez, el santo, la barca, el pensamiento
un brazo de cera, una pierna, una cabeza de niño…
y tú, tu madre también la salud del barco, cuidando de no pisar alguna salamandra,
no fuera a ser el alma de algún romero que no hubiese cumplido su promesa de venir a San Andrés en vida”

no es un libro
es la piel la flor la víscera que alumbra al inacabable sol de lo más querido
bucea y araña feliz en la santa soledad que agita a lo siempre vivo
crece en la interminable beatitud de lo aún por cumplir y ya cumplido

“la niña que vivía en la casa de enfrente
permanecía durante horas silenciosa
y estática, asomada a la ventana

a veces la divisaba en el balcón
con sus ropas blancas y su rostro
más blanco aún que sus ropas,
callada y mortecina como un lirio
que comienza a marchitarse

solo una vez la vi en el parque
ya repleto de rosas y claveles
quieta, junto a la fuente de piedra
donde el agua reflejaba su desaliento

me acerqué a ella.
ella me miró con ojos de despedida

se fue un domingo,
un domingo de sol,
después de que por los montes alguien dijo
que había pasado la Santa Compaña”

la muerte la medida de las tantas cosas
la vida el amuleto que las cuenta, el sobrecoste:
la sed la hambruna los temblores de lo que fue visitando, fértiles, esta senda sin red del presente eterno

no es un libro
es la voz del infinito
el cuerpo del mar brindándonos ojo del corazón de lo imperdible…
deslumbra este escritorio del alma, sí, este no lugar en donde el aire da la vuelta… ancla de amor y de vida, caracola del tiempo, pulso que acaricia y bendice el corazón sin sombra, en ese rostro, la total celebración ………

“Rosaura, la del molino, podía ver el futuro
en el agua,
del pozo”

el futuro, esa renta que con nada se incumple siempre,
es lágrima
fecunda lágrima del ángel bocetando aromas, lentes,
“como una presencia firme y luminosa…
rasga la oscuridad
traspasa los límites…:
“es así como preserva nuestra inocencia”

el agua, noche de luz, esquirla de cielo, nos trae de donde el aire da la vuelta, lo que aún siendo ya fue: muñecas, barcos de papel, casa, goteras, morriña…

“tumbadas en la arena
con nuestros 6 y 7 años
boca arriba
movíamos los brazos que dibujaban
a nuestro costado dos pares de alas”

“el amor y el hueco de su peso, por ejemplo:
bordando su ajuar
guardando sus cartas…”

llama del mundo y sus enredos:
las raíces
y el tiempo detenido en aquel lugar fascinante del fin del mundo…
y la certeza de que estabas a punto de hacerte mujer

“cuando cumplí 9 años
hice mi primera ofrenda de los tres cuencos

besé la tierra y dejé un puñado en el primer cuenco
así honraba a mis raíces, mis antepasados
y sus cenizas
y a todas las raíces del valle, el bosque y la montaña

en la segunda vertí agua pura
era un homenaje al río, a la lluvia y el rocío
a la nieve y el mar

en la tercera se quedó preso el aire
para ofrecer a los elementos del éter
los invisibles
y al habla
a la lengua dulcísima de mis gentes

los tres cuencos quedaron a la puerta de la casa durante todo el año
de la misma forma que se hizo en todos los lugares
de la aldea

así se sellaba nuestra pertenencia
nuestro compromiso
con aquel lugar apartado del Noroeste

era en la primera noche del solsticio de verano”

tu canto
tu hogar…
el más allá…
ahí, Milagros, te fuiste para poder volver?, ahí,
se rompió la baraja,
se derramó la sal,
no doblaron las campanas
ni lloraron los sauces…
ahí, Milagros,
el sonido de la lluvia
el olor del pan de maíz
la plata de los peces y las estrellas…
ahí,
el lugar en donde el aire se da la vuelta:
el no lugar del bosque de lo acontable

Milagros Villanueva conjurando, viva, el dolor la desnudez el cántico y la orfandad del diente que sostiene al aún nacido

contra el olvido
contra la muerte
contra la imposibilidad y la consecuencia
contra la limitación de lo nombrable y lo innombrable…
aquí, en donde el aire se da la vuelta
y lo sobrenatural es casa, carne viva en peregrinación permanente

buenas noches a todos los nacidos: a los hoy invisibles, y a los que aquí estamos